Jugar en el Estadio Azteca no solo exige talento y táctica, también implica adaptarse a la altitud de la Ciudad de México, que ronda los 2 mil 240 metros sobre el nivel del mar, un factor que puede afectar la oxigenación, la resistencia y hasta la velocidad del balón.
Para el Mundial 2026, ese entorno se perfila como uno de los desafíos físicos más importantes para las selecciones que disputen partidos en la capital mexicana. Ese desgaste se traduce en recuperación más lenta entre esfuerzos, menor capacidad para sostener presión alta y una toma de decisiones más complicada cuando el cansancio aparece.
La principal dificultad de jugar en altura es que el aire tiene menos oxígeno disponible y menor densidad, lo que reduce el rendimiento aeróbico y hace que los futbolistas se fatiguen más rápido. De acuerdo con especialistas, la presión parcial de oxígeno puede disminuir entre 20% y 25%, mientras que el consumo máximo de oxígeno podría caer entre 10% y 20%, algo que impacta especialmente en deportes de alta intensidad como el fútbol.
La altitud no solo afecta a los jugadores; también modifica el comportamiento del balón. Al haber menos resistencia del aire, la pelota puede viajar más rápido y más lejos de lo que ocurre al nivel del mar. Eso obliga a los equipos a ajustar centros, tiros de media distancia, despejes y hasta la forma de medir los pases largos.
El efecto de la altitud no solo recae en los jugadores, sino también en los árbitros y en el personal técnico, que deben sostener esfuerzos repetidos durante 90 minutos o más. Equipos que no están acostumbrados a entrenar en altura suelen resentir más la intensidad del juego, sobre todo si no llegan con suficiente tiempo de aclimatación.